Acto 1:Hace un par de días, camino a casa de uno de mis mejores amigos en la ciudad, una niña de aproximadamente 14 años abordó el vagón de metro en el que yo viajaba, ella aún portaba su falda color gris del uniforme de secundaria, su rostro mostraba rasgos de cansancio, ocultos quizá por el maquillaje que la caracterizaba como una triste y pequeña payasita de metro.
Su acto consistió básicamente en saludar a todo aquel que lo permitió. Saludaba llamando a las personas por profesiones al azar, ej. "buenas noches, doctor; buenas noches, directora; buenas noches, abogada", recibió unos cuantos pesos y cambió de vagón.
Me pregunto si ella realmente tiene los medios y la oportunidad de recibir educación básica, si lo hace para ayudar a su familia o brindarse lo medios necesarios para ir a la escuela. Entonces me pregunto si las once de la noche es horario para que una niña de su edad realice dicha actividad y enfrente todos los peligros a los que se ve expuesta.
Qué pasaría por la mente de las personas que me acompañaban en ese vagón, digo, ya eran las once la noche, la mayoría vendrían de un largo día de trabajo, sus caras lo delataban. Qué pensaría aquella señora que aún portaba su uniforme de la empresa de limpieza para la que trabaja. Que pensaría aquellas personas que teniendo más de 30 años, trabajan para sobrevivir y quizá mantener deudas o una familia, o ambas, y que a la postre no pueden llamarse licenciados porque no pudieron recibir educación superior.
Acto 2:
Saliendo de la estación de metro me encontré de frente con una pareja de payasos. Él la llevaba a ella del brazo, ella caracterizada como una payaso profesional compartía un gran detalle con la niña del acto 1, su tristeza. Me impactó ver a alguien que se gana la vida intentando generar sonrisas en las personas. Y sin duda creo ese debe ser el trabajo más difícil en ésta ciudad, todos vivimos en nuestra propia ciudad, nos movemos por instinto y sorteamos todos los peligros de esta jungla de asfalto, baches e historias. Somos una ciudad de individuos solitarios e indiferentes.
Su tristeza puede deberse a muchas causas, no sé si llevaban todo el día tratando de ganarse unos pesos para comprar alimento, medicinas o aquel carrito rojo que ambos ven con mucha ilusión. Me pregunto quién los espera en casa.
Ojalá que los payasos nunca se den por vencidos en la difícil tarea de crear sonrisas, la ciudad reirá con ellos o se desconsolará con los seres humanos vencidos por la indiferencia.
Vaya dilema, perderemos las mentes y los sueños de los niños y las niñas negándoles la oportunidad de ser ingeniero civil si es lo que quieren, o preferiremos que el payaso nos haga feliz a costa de una lágrima de maquillaje en la mejilla.
